TU SEXUALIDAD ES SOLO TUYA Y DE NADIE MAS (testimonio)

15:47:00

Esta es la historia de Samantha Pugsley, una historia de superación.
“Creyendo que el verdadero amor me espera, hago un compromiso con Dios, conmigo misma, con mi familia, con mis amigos, con mi futuro esposo y mis futuros hijos de abstenerme al sexo desde este día hasta el día en que me case por medio de la Biblia. También de abstenerme de pensamientos sexuales, contacto sexual, pornografía, y acciones que son conocidas por llevar a la excitación sexual.”
A la edad de 10, tuve un compromiso con mi iglesia junto con un grupo de otras niñas de ser virgen hasta el matrimonio. Sí, leíste eso bien – tenía 10 años.
Miremos a quien era yo a los 10 años: estaba en cuarto año de primaria. Jugaba con Barbies y tenía fiestas de té con mis amigas imaginarias. Pretendía que era una sirena cada que tomaba un baño. Todavía pensaba que los niños eran asquerosos y no tenía idea de que me gustaban las niñas, también. No me llegó el período hasta los siguientes cuatro años, no tenía ninguna idea del sexo.
La iglesia me enseñó que el sexo era para personas casadas. Sexo extramarital era un pecado y sucio y me iría al infierno si lo hacía. Aprendí eso de niña, tenía una responsabilidad con mi futuro esposo de ser pura para él. Era completamente posible que mi futuro esposo no siguiera siendo puro para mí, porque él no tenía esa misma responsabilidad, de acuerdo a la Biblia. Y por supuesto, porque yo era cristiana, lo perdonaría por sus pecados pasados y me entregaría completamente a él, en cuerpo y alma.
Cuando me case, será mi labor satisfacer las necesidades sexuales de mi esposo. Esto me lo decían una y otra vez, tantas veces que perdí la cuenta,
que si seguía siendo pura, mi matrimonio estaría bendecido por Dios y si no lo hacía que se acabaría y terminaría en un divorcio trágico.
Lo creí todo. ¿Por qué no lo haría? Estaba joven y estas eran personas en las que confiaba. Todos sabían que había hecho los votos de virginidad, por supuesto. El chisme es el alma de la Iglesia Baptista. Mis padres estaban muy orgullosos de mí por hacer esta decisión espiritual. La congregación de la iglesia aplaudió mi rectitud.
Por más de una década, llevaba mi virginidad como una cinta de honor. Mi iglesia me fomentaba a hacerlo así, contando mi testimonio inspirarían a otras niñas jóvenes para seguir el ejemplo. Si el tema alguna vez era tocado en una conversación, yo era feliz de hacer a las personas saber que había hecho una promesa de pureza.
Esto se volvió mi identidad en el momento en que llegue a mi adolescencia. Cuando conocí a mi novio de la época-ahora esposo, le dije inmediatamente que me estaba guardando para el matrimonio y el estaba de acuerdo con eso porque era mi cuerpo, mi elección y él me amaba.
Estuvimos juntos por seis años antes de casarnos. Cada que hacíamos algo casi sexual, la culpa me perseguía. Me preguntaba dónde estaba la línea porque me aterraba llegar a cruzarla. ¿Tenía el permiso de tocarme los senos? ¿Nos podíamos mirar desnudos? No sabía que se consideraba lo suficientemente sexual para condenar mi futuro matrimonio y llevarme directo al infierno.
Una mezcla dañina de orgullo, miedo, y culpa e ayudaron a mantener mi compromiso hasta que nos casáramos. En las semanas previas al matrimonio, fui felicitada varias veces por mantener mi virginidad por tanto tiempo. Los comentarios eran entre curiosos (¿Cómo hiciste para manejarlo?) hasta un poco de disgustos (¡Creo que vas a tener una noche de bodas bastante ocupada!). Los deje que me pusieran en el pedestal como su casta, mascota cristiana perfecta.

Perdí mi virginidad en la noche de bodas, con mi esposo, así como lo había prometido aquel día cuando tenía 10 años. Estuve en el baño del hotel antes de que sucediera, vestida con mi lencería blanca, pensando, “Lo hice. Soy una buena cristiana.” No había ningún coro de los ángeles, no había luz iluminándome desde el Cielo. Éramos solo mi esposo y yo en un cuarto oscuro, un poco torpes con el condón y una botella de lubricante para la primera vez.
El sexo dolió. Sabía que era así. Todos me decían que sería incomodo la primera vez. Lo que no me dijeron es que estaría devuelta en el baño después, llorando en silencio por razones que no comprendía. No me dijeron que en mi luna de miel lloraría de nuevo, porque el sexo se sentía sucio y mal y un pecado aunque estuviera casada y se suponía que ahora estaba bien.
Cuando llegamos a casa, no podía mirar a nadie a los ojos. Todos sabían que había perdido mi virginidad. Mis padres, la iglesia, mis amigos, mis compañeros de trabajo. Todos sabían que estaba sucia y manchada. Ya no era especial. Mi virginidad se volvió una parte tan esencial de mi personalidad que no sabía quién era sin ella.
No se ponía mejor. Evadía desvestirme en frente de mi esposo. Trataba no besarlo muy seguido o muy cariñosamente para no dejarnos llevar. Le temía a la hora de ir a la cama. Tal vez quería tener sexo.
Cuando él quería, yo me obligaba. No había algo que quisiera más que hacerlo feliz porque lo amaba mucho y porque estaba enseñada a que era mi labor satisfacer sus necesidades. Pero odiaba el sexo. Algunas veces lloraba antes de dormir porque quería que me gustara, porque no era justo. Había hecho todo bien. Hice la promesa y fui fiel a ella. ¿Dónde estaba el matrimonio bendito que me habían prometido?
Lo deje ser así por casi dos años hasta que no aguanté más. Simplemente lo podía hacer más. Le conté todo a mi esposo. Mi esposo feminista no podía creer que lo había dejado tocarme cuando no quería que lo hiciera. Me hizo prometerle que no volvería a hacer algo que no quería nunca más. Dejamos de tener sexo. Me animó a ver un terapeuta y lo hice. Fue el primer paso en un largo camino de curación.

Las niñas de diez años quieren creer en cuentos de hadas. Haz esta promesa y Dios te amará mucho y estará muy orgulloso de ti, eso me dijeron. Si esperas a tener sexo hasta el matrimonio, Dios te traerá un grandioso esposo cristiano y te casarás y vivirán felices para siempre. Esperar no me trajo una felicidad para siempre. De lo contrario, controló mi identidad por más de una década, me llevo hasta la terapia, y me dejó siendo una extraña en mi propio cuerpo. Estaba completamente avergonzada de mi cuerpo y mi sexualidad que me hacía tener sexo una experiencia lamentable.
Ya no voy a la iglesia, ni soy religiosa. Cuando me empecé a curar, me di cuenta que no podía entender como ser religiosa y sexual al tiempo. Escogí el sexo. Cada día es una batalla para recordar que mi cuerpo me pertenece a mí y no a la iglesia de mi infancia. Constantemente me tengo que recordar que una promesa que hice cuando tenía solamente 10 años no define quien soy ahora. Cuando tengo sexo con mi esposo, me aseguro de que sea porque tengo una necesidad sexual y no porque tengo que satisfacer sus deseos.
Ahora estoy completamente convencida que el concepto de virginidad es usado para controlar la sexualidad femenina. Si pudiera ir atrás en el tiempo, no habría esperado. Habría tenido sexo con mi novio de la época-ahora esposo y no me habría ido al infierno por eso. Nos hubiésemos casado a una edad más apropiada y me hubiera guardado mi sexualidad para mí misma.
Desafortunadamente, no puedo devolverme pero les puedo dar este mensaje como una conclusión de mis experiencias: si quieres esperar a tener sexo hasta el matrimonio asegúrate de que sea porque tú eres la  que quieres. Es tu cuerpo; te pertenece a ti, no a tu iglesia. Tu sexualidad no es de incumbencia de nadie, solo tuya.

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